Me llamaba Nico (microrrelato)

Me llamaba Nico. Mi trabajo era alegrar a mi triste familia, aunque me lo pusieran difícil. Papá se pasaba todo el día trabajando, y mamá realizando las tareas de casa. No teníamos suficiente dinero para permitirnos muchas comidas al día, y papá y mamá siempre se peleaban.

Se me ocurrió ayudar a mamá recogiendo las miguitas de casa, pero tropecé y acabé tirando un jarrón al suelo. Mamá me regañó, pero no pude dar una explicación y me quedé otra vez sin comer.

Pocos días después, oí que papá me iba a llevar fuera de casa. ¡Estaba contentísimo!, pues añoraba aquellos paseos… Nos dirigíamos al campo, aunque tardamos mucho en llegar. Cuando salí por la puerta, papá no salió.

– “¿Por qué? ¡Espérame! ¡No te vayas! ¡Vuelve!”

Corrí a cuatro patas, ladré como nunca, pero estaba desnutrido y mis esfuerzos no sirvieron.
Al fin lo entendí, me habían abandonado.

Ángela, 3º ESO B

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Describiendo nuestras mascotas

Los alumnos y alumnas de 3º de Primaria han descrito sus mascotas favoritas. Aquí os dejamos algunos ejemplos.

¡Enhorabuena por vuestro trabajo y a seguir cuidando de esos cachorros preciosos!

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Alejandra, 3º de Primaria B

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Irene, 3º de Primaria B

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Aurora, 3º de Primaria B

Relato de Navidad (historia de una gallina)

Jamás pensé que siendo una gallina pudiese llegar a ser tan importante. Claro que nunca he sido demasiado inteligente, como todas las gallinas.
Desde hacía algún tiempo, habíamos planeado en el corral hacer una escapada e irnos a algún lugar de excursión. Además, teníamos la sospecha de que el pastor le permitía al ladrón desconocido llevarse nuestros huevos. Pues bien, la noche anterior a nuestra salida fui a visitar unas luces que había en medio del campo, y como había música también, se me olvidó volver al corral. Al cabo de un rato, descubrí que todos los pastores del pueblo estaban a mi alrededor de rodillas y admirados mirando al cielo. ¡Hay que ver lo contentos que se quedaron al encontrarme…! Deben de quererme un montón.
Al día siguiente no paraban de hablar entre ellos, de dar gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres. Supongo que era una forma de agradecer a Dios que yo siguiese con ellos.
Pero lo más importante ocurrió a la noche siguiente, cuando mis amigas y yo decidimos salir del corral para dar una vuelta. Conseguimos situarnos detrás de los pastores, que parecía que también querían pasear. Pues a los muy catetos se les iban cayendo puñados enteros de grano (nuestra comida favorita) justo delante de nosotras. Para que luego digan que las tontas somos las gallinas…
Al cabo de un buen rato decidimos pararnos en un establo enano lleno de luz. Pensé que todo el corral nos había copiado porque junto a los pastores venían sus pavos, sus gallos, sus ovejas, y hasta algún saco de harina. No sé muy bien qué tenía de interesante aquel tugurio, la verdad. No vi mucho porque enseguida me topé con un bicho enorme, marrón y con cuernos y decidí esconderme debajo de un pesebre que había en medio de todo el mundo. Y ahí me quedé todo el rato.
Tras un tiempo empecé a pensar que a lo mejor mis dueños estaban preocupados por mi desaparición, algunos de ellos lloraban mucho y se golpeaban el pecho. Muchos descubrieron dónde me hallaba y adivinaron mi intención de fugarme, pero no me lo impidieron. Se limitaron a besar el pesebre donde estaba escondida como despedida y se marcharon aún con lágrimas en los ojos. Eso sí, tuvieron el detalle de dejar a varias de mis amigas junto al pesebre para que me acompañasen, y un montón de provisiones. Todos dirigieron unas palabras al pesebre y se marcharon. Únicamente se quedaron para protegernos un pastor mayor con barba y una chica joven que debía de ser su mujer.
Al cabo de un par de días, mis amigas y yo decidimos asentarnos en ese mismo establo. Es verdad que hacía frío y había un montón de animales, pero nuestros guardaespaldas eran tan majetes que se nos quitaban las ganas de irnos.
Una noche, mientras estaba yo durmiendo bajo el pesebre (lo había adoptado como lugar de descanso), aparecieron tres hombres disfrazados y llenos de colorines que llevaban unos botes rarísimos. Se acercaron a mí y depositaron a mi lado esos botes y un montón de cosas más. (La verdad es que sigo sin entender para qué quiere una gallina un montón de collares y monedillas, pero se agradece el detalle). Se pusieron de rodillas y dijeron un montón de cosas sobre reyes, estrellas y viajes. Debían de estar contentísimos de verme porque venían de súper lejos. Como traían un montón de bultos sospechosos, mis guardaespaldas se encargaron de hablar con ellos y que se acercasen sin nada al pesebre. Tras besarlo, también se fueron llorando de alegría.
Como podéis ver, de un día para otro una simple gallina se hizo tan importante que los humanos se acercaron a montones a venerar el pesebre bajo el que se había escondido. Una simple quedada de gallinas tocó el corazón de pastores y señores disfrazados.
Para que luego vayan diciendo que las gallinas no nos enteramos de nada…

Paco, 2º de Bachillerato B

Relato de Navidad

Un 20 de diciembre de 1959, Pablo, un niño cristiano de 10 años, se encontraba con su mejor amigo, que era musulmán, y con su padre cenando en casa.

A Pablo, terminando de cenar, le surgió una duda y le preguntó a su padre. La duda era el por qué de la celebración de Navidad, y su padre le respondió que esta se celebraba porque Jesús, el Hijo de Dios, ha venido al mundo.

Cuando terminaron de cenar, los dos niños se fueron a la cama, después de un día muy intenso, y el padre les contó un cuento, como habitualmente hacía. El padre, a consecuencia de la pregunta de su hijo, escogió un cuento cuya historia trataba el significado de las figuras del Belén.

El padre les explicó que María y José significaban amor y esfuerzo, ya que hasta llegar al portal tuvieron que pasar por momentos muy difíciles. El padre comparó esta situación con la realidad, es decir, les dijo a los niños que, en este mundo, nadie te regala nada, que todo necesita su correspondiente esfuerzo y que nada es imposible.

Después, pasó a explicarles las figuras de la Mula y el Buey, los cuales fueron los que acompañaron a Jesús durante toda su estancia en Belén, lo mismo que hace Jesús con todos los seres humanos, es decir, que Jesús nos acompaña a todas partes y está siempre presente, a nuestro lado.

Al explicarle esto a Pablo, este le preguntó a su padre si Jesús era el Hijo de Dios, por qué nació en un sitio tan pobre, a lo cual su padre le respondió que, para ser feliz, no es necesario poseer una cantidad de dinero.

Al escuchar todas estas explicaciones del padre, el mejor amigo de Pablo se emocionó, ya que estaba de acuerdo con todas las enseñanzas que Jesús quiere compartir con cada uno de nosotros.

Ante esto, el padre de Pablo le explicó que Dios nos hizo libres y que podemos pensar en lo que queramos, por lo que ser de otra religión no es malo, a lo cual añadió que las enseñanzas de Jesús son universales, por lo que van dirigidas a todos los seres humanos de este mundo, indiferentemente de la religión a la que pertenezcas.

Al terminar la explicación, todos se dieron un abrazo muy fuerte, el padre les dio las buenas noches a los niños y todos se fueron a dormir muy felices.

María, 2º de Bachillerato A

Relato de Navidad

JOSÉ (presente):
José caminaba temblando, concentrado en el sonido de sus pisadas contra la gravilla. Le gustaba el crujido, le calmaba. Necesitaba calmarse. Contó hasta tres y respiró profundamente, confiando en que eso ahogara el hormigueo de sus dedos. Obviamente no estaba ni la mitad de nervioso que cuando nació El Niño, pero a él nunca le habían llamado. Lo entendía, María y El Niño eran los protagonistas. Sin embargo, no pudo evitar pensar en el sentimiento de pertenencia que le invadió cuando nació. Fue lo suficientemente poderoso para que todos sus nervios, sus manos bailando con histeria y sus piernas frenéticas olvidando cómo caminar se desvanecieran. Él era parte de eso, tenía que cuidar a ese diminuto Niño que había nacido marcado por Dios. Tenía que ser su padre, tenía que desempeñar la tarea más difícil que existe en el mundo: criar a un niño. Y, para colmo, no era un niño corriente, era el Hijo de Dios. Él también era protagonista.
Ya sabía qué decirle a la entrevistadora. Hacía bastantes pasos atrás, dejó de oír el sonido de sus pies sobre el suelo.
MARÍA (presente):
María lo sabía, y estaba convencida de que Jesús también. No es que no quisiera, ni que estuviera cansada, pero ya no sabía que decir. Desde el momento en el que una desconocida se presentó en la puerta de su casa supo a qué venía. Y supo que se había quedado sin ideas. Había contado lo que veía, lo que sentía y lo que hacía cuando El Niño nació. Había contado la historia empezando por el final, por el principio, desde meses antes de que ocurriera y lo que pensaba en ese mismo instante. También consideró decir cómo se sentía ahora, que ya había pasado todo. Entre cavilaciones miró a Jesús, y si se le hubo ocurrido algo, cualquier idea se le escurrió de entre los dedos antes de que pudiera agarrarla cuando lo hizo. En cierto modo, agradeció haberse quedado sin palabras porque, en realidad, no las necesitaba. Eso de que una mirada vale más que mil palabras nunca tuvo sentido hasta entonces, que lo cobró de repente.
Cuando entró por la puerta del despacho de la entrevistadora supo que su bolígrafo empezaría a rasgar el papel en cuanto El Niño la mirara a los ojos, y decidió prescindir de la botella de agua que había cogido por si le entraba sed al hablar
MULA (presente):
Muuuu, muu, mumumuuu. Mu, muuu
Traducción: Me siento muy agradecida de haber formado parte de esto
BUEY (presente):
Muuuu, mumumumu, mumu
Traducción: Concuerdo con la mula
PASTORES (25 de diciembre, el primero):
Era una noche feliz para ellos, la llevaban esperando desde hace meses, y, aunque sabían que no podían abandonarse a la emoción, tampoco podían evitar pensar que esa noche era la única que importaba. La mayoría de las personas que no conocían su historia pensaban que se trataba de una tontería, pero el capricho de poder darse un festín una vez al año era, en muchas ocasiones, su motivación. Antes de comer los pastores acostumbraban a echarse una, como ellos decían, “pequeña y cortita” siesta. Después de tres horas la mayoría de ellos se despertaron desubicados. Un extraño les estaba gritando palabras cuyo significado se perdió en el proceso de despertarse. Los que lograron concentrarse con mayor rapidez transmitieron el mensaje a sus otros compañeros. Aunque había unos cuantos espabilados, solo captaron que el extraño quería que fueran a ver a un recién nacido. Por muy estrafalario y raro que les pareciera a algunos, los más optimistas dijeron que solo les tomaría un par de minutos, ya que el sitio se encontraba cerca. El resto a los que no les movía la curiosidad acabaron por ceder, no sin el miedo de sacrificar su cena por una insignificancia, y le dedicaron una mirada condescendiente al desconocido que había puesto en peligro su siesta y su cena.
Cuando volvieron al sitio en el que iban a cenar, era demasiado tarde. Sin embargo, ninguno de ellos se dio cuenta de eso, ni siquiera de que habían llegado a aquel comedor. Los que pensaron en ir a ver al recién nacido como una insignificancia se arrepintieron al instante de respirar el aire del portal. No sabían describirlo, pero todo su ser, incluido su estómago vacío desde hace días a causa del festín se llenó de algo que no supieron distinguir. Los más aventurados, o quizá conformistas, lo llamaban felicidad, pero la mayoría estaban de acuerdo en que era algo más que eso. Había cambiado sus vidas. El festín había perdido toda su importancia, reemplazada por aquel niño, y podía esperar.

Alba, 1º de Bachillerato B

Relato de Navidad

Corría el año 2025, estaba ya tranquilo en mi casa, escuchando música, cuando me llega una notificación a mi móvil. Era una invitación de un amigo para ir a visitar un curioso Belén en el centro de Madrid.

Habíamos quedado en la puerta de mi casa, cogimos el tren y nos dirigimos hacia el centro. Estando en el tren, vimos entrar a una persona con un traje un tanto extraño que tenías alas. Un rato después, llegamos al centro donde había muchas luces y mucha gente. Después de un rato paseando, llegamos a un gran edificio donde había un cartel en el que se indicaba que, en el interior, estaba el Belén al que había sido invitado.

Al entrar, vimos a la persona disfrazada del tren que nos enseñó el Belén, que era en realidad virtual. Gracias a las gafas que nos pusieron, pudimos visitar Belén en tiempos de Jesús y acudir al nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre. Además, gracias a esas gafas se podía interactuar con las personas que había allí y hablar con personajes como María y José.

Y a partir de ese año, cuando se acerca la Navidad, siempre voy a ver ese Belén con mis amigos.

Pablo, 1º Bachillerato A

¿Encontrada por casualidad?

Eran las ocho de la tarde y seguía encerrado entre las paredes de la biblioteca que tanto visitaba durante la semana. Se le veía concentrado, tratando de memorizar las fórmulas de trigonometría para el examen que tenía al día siguiente, cuando la amable bibliotecaria se acercó a su mesa:

– Josué, ya es hora de cerrar, tienes que ir pensando en volver a tu casa-, le dijo guiñándole el ojo. Sabía que no le gustaba estudiar con todos sus hermanos gritando y corriendo de un lado para otro, pero llegaba Navidad y el horario había cambiado.

– Enseguida me voy, no se preocupe Elisa- contestó con una sonrisa, mientras recogía sus libros y los guardaba. Se puso su abrigo y, dejando caer su mochila sobre sus hombros, se dirigió a la puerta para marcharse.

– ¡Hasta mañana, querida bibliotecaria! – gritó, despidiéndose de Elisa.

Cerró la puerta y comenzó a andar por las calles de Madrid, iluminadas de luces de diferentes colores. Mientras, se fijaba en lo repletas que estaban las tiendas de gente comprando regalos y lo llamativos que eran los escaparates para captar la atención de cualquiera que pasara por allí.

Llegó a la estación de tren, pasó su abono transporte por el torniquete como de costumbre, se acercó a la vía y esperó a que el tren llegase. Se subió al vagón y se colocó sus cascos en las orejas para sumergirse en ese mundillo de la música que tanto le gustaba.

Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba en su parada, se bajó y, cruzando las pistas de fútbol, llegó a su casa. Abrió la puerta, intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a su familia, y fue directo al comedor para dejar su abrigo. Se detuvo en el salón, ante el portal de Belén. Había visto algo fuera de lo normal, un sobre blanco que se encontraba encima del musgo. Para su sorpresa, ponía su nombre, así que decidió sentarse en el sofá y descubrir su contenido.

Era una carta para él, empezó a leerla con asombro:

“Querido amigo, soy Jesús:

Josué, un nombre un tanto peculiar y poco habitual, pero me gusta, creo que te hace sentir especial y verte único. ¿Cómo estás? Te he visto hoy en clase, en la biblioteca estudiando, en el camino a casa… No parecías estar muy contento, pero sin embargo, estaba allí contigo, siempre lo hago, aunque no me veas.

Supongo que te habrás dado cuenta de que llega mi nacimiento, con otros los adornos, el ajetreo que hay en la calle… Parece que preparan una gran fiesta, pero a veces me siento olvidado, como si la gente no se acordase de mi existencia y la fiesta no fuese para mí.

Hace mucho tiempo que me dice hombre naciendo. Como tú, fui un bebé, frágil, débil, que necesitó la ayuda de su madre, la Virgen María, de José, y sobre todo, en muchos momentos necesité la ayuda y la fuerza de Dios.

Quiero que sepas que entiendo tus sufrimientos y las cosas que te hacen estar mal, tus pecados, porque yo también experimenté lo que es sufrir. Sufrí en la cruz, pero gracias a eso puedo salvarte. Y simplemente por amor a ti, por todo lo que te quiero. Estoy seguro de que puede que en muchas ocasiones no lo entiendan, pero tu sufrimiento te salva, te lleva al cielo, donde te espero.

Tienes un valor inmenso, eres templo del Espíritu Santo. ¿Eres consciente de lo que vale tu cuerpo? Reflexiónalo si lo necesitas. Y tienes una misión en este mundo, que juntos iremos descubriendo.

Vengo a recordarte que esta Navidad podrás disfrutar de la alegría, si no te ciegan las luces de las tiendas, porque yo soy tu verdadera luz. Estate a la espera, que mi nacimiento se acerca. No te olvides de anunciárselo a tus compañeros de clase y a tus amigos, me da a mí que están un poco perdidos. Tienes esa responsabilidad, confío en ti.

Por último, me gustaría que agradecieras la familia que tienes, porque te quieren un montón. Cuenta con ellos, y por supuesto, cuenta conmigo. Tampoco estaría mal que le hablases de mí a tu querida bibliotecaria y transmitieras mi mensaje de forma más universal.

Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme, incluso resido en el que está más cerca de ti, solo necesitas decirme: ¿Quedamos?”.

Cuando terminó de leer la carta, sus ojos desprendían una alegría infinita. ¡Qué bien se sentía al verse querido! Jesús le amaba. Esas Navidades fueron mágicas.

Jesús también te ama a ti, y la carta que recibió Josué no solo le sirve a él. Te invito a que, en estas Navidades, te plantees si a ti te gustaría quedar con Jesús, tener un encuentro con Él y ver qué mensaje tiene para ti.

Candela, 4º ESO C