«Sonríe, pequeño, sonríe»

Belén, finalista de 2º Bachillerato B

El sol amaneció con una melodía abrasadora, tintando los cielos de fucsia. Las calles de tez rojiza permanecían en descanso, y fue una criatura de pasos sencillos e ilusionados la que estrenó el día. La mirada tierna e inocente de Jesús se posó sobre el horizonte de Jerusalén, una ligera brisa le besó las mejillas y el viento revoloteó los caracolillos de su pelo. Entonces José, que acostumbraba a madrugar como trabajador entregado que era, salió de la casa y lo encontró allí, frente a la panorámica de la ciudad, ensimismado con el milagro del amanecer.


-Qué grande es el mundo, ¿eh? -murmuró el hombre de barbas castañas.
-Mucho, mucho- rio él- Imagina entonces el amor de Quien nos lo regaló.


Los luceros del padre putativo se conmovieron ante la grandeza de su corazoncito. Con tan solo tres años, aquel Niño era capaz de comprender la belleza de “todo lo habido y por haber”. ¿Cómo se suponía entonces que él, un común artesano de Nazaret, lo educaría y guiaría por las sendas oscuras y escabrosas de la vida, si aquellos ojitos brillaban más que la mismísima bola ardiente del firmamento?
De pronto, un montón de recuerdos bañaron su mente y un filo punzante deshilachó el interior de su torso de una sola pasada. ¿Qué hubiese sido del Pequeño, que ahora corría persiguiendo a los pajarillos con la risa del viento, si no se hubiera dignado a creer absolutamente nada? Pidió perdón de nuevo al Cielo, pero había algo, en lo más profundo de su ser, que lo mantenía preso de la culpa. Sabía que jamás olvidaría la noche en la que no pudo ofrecerle al más esperado Rey sus más esperadas riquezas.


Lo recordaba como si hubiese ocurrido ayer…
Era finales de mes, invierno y, junto con el gélido viento del anochecer, el tiempo corría. La mujer que amaba aguantaba el dolor y las contracciones que el Cielo le había confiado, pero ya se avecinaba el momento de la Verdad. José miraba apurado el desierto de Egipto, con la esperanza de encontrar algo más allá que zorrillos curiosos en el camino. “Belén de Judá”, advirtió en un letrero de madera. Acto seguido, se apresuró con el asno en aquella dirección y vagó por aquellas calles, apesadumbrado y angustiado por no encontrar ningún sitio digno del Bebé que iba a nacer, Aquel que salvaría a todos de la decadencia en la que estaban sumidos.
-¡Qué no queda hueco! ¡Jopetas! ¡A ver si nos enteramos ya! -gritó otro mesonero.
Ya iban veinticinco y apenas quedaban puertas a las que martillear. En ese momento, cesó la espera. Era hora de que se cumpliera lo que estaba escrito. El Niño había de ver la luz. Las entrañas del carpintero se revolvieron. Aborreció profundamente la falta de empatía y generosidad que caracterizaba a la Tierra, sintió vergüenza ajena y, sobre todo, impotencia. Hubiese dado todas sus pertenencias por una habitación como Dios manda y, valga de redundancia, como Dios precisaba en aquel momento.

Escena navideña 2ºBachillerato B


Entonces, un hilillo de claridad rozó su corazón…
-Conozco una cuadra vieja, un simple portal a las afueras de la ciudad, donde podréis descansar- explicó una voz milagrosa.
El hombre no vaciló y avanzó decidido, a pesar del miedo, por las calles pedregosas hasta alcanzar un portalillo de madera desgastada y los suelos de paja. Rápidamente, ayudó a María a recostarse, con las pupilas clavadas en las suyas, enfundadas en el mayor consuelo que nadie pudiera entregar. Acto seguido, le besó la frente y, tiempo después…un llanto inocente, un suspiro aliviado y la luz radiante de la más bonita estrella, adornaron cada esquina del lugar, que ya no resultaba tan imperfecto.


José sostuvo al bebé entre sus brazos, estrechándolo contra el calor de su pecho, intentando contener las lágrimas. Acarició sus mofletes, sus suaves y chiquitines mofletes.
-Sonríe, pequeño, sonríe-soltó aquel hombre de pocas palabras.
Y, con delicadeza, tomó sus manitas, que tanto contrastaban con sus ásperas manos de carpintero veterano. Las mismas manos que lo abrazarían cuando hiciera falta y cuando no, las que le enseñarían a cortar el pan, a cuidar a los demás, a acariciar las florecillas del prado y a secar las lágrimas provocadas por las miserias de este mundo. Eran justo aquellas viejas y agrietadas manos las que habían tirado impacientemente de un asno durante 150 kilómetros, mimando a la elegida de Dios. “Yo todo para terminar en un mísero portal”, pensó turbado.


-Papi-dijo Jesús entonces.
José volvió a la realidad. Aún continuaban ante la imponente vista de la ciudad con los tejados color salmón, pero ahora su Hijo tenía puesta la mirada sobre él, al igual que su cariño y comprensión.
-No tienes que pedir perdón por eso-expresó con dulzura, capaz como era de leerle la mente y el corazón-. Todo forma parte de Sus planes y, gracias a mamá y a ti, han podido llevarse a cabo.
Acto seguido, se acercó a su rostro para acariciar sus barbas y frenar las lágrimas que corrían ya ladera abajo por sus mejillas.


-Sonríe- repitió el Niño de andares felices- porque ambos tenemos al Padre más maravilloso que se pueda tener.

«Con pluma y papel… lo que nos cuenta San José»

Dalia, finalista de 2º A y ganadora en la categoría de 4º ESO y Bachillerato

Escena navideña 2ºBachillerato A

-Muy buenas tardes, querido público, y bienvenidos de nuevo al programa de los martes. Con ustedes, mi compañera Marta Castiño y un servidor, Juan Gómez, desde vuestro programa de confianza, el que nunca te abandona, el que se sintoniza hasta cuando estás perdido por una carretera de Cuenca, les presentamos “Aprendiendo de gente especial”, aquí una semanita más, en la cadena de radio elegida en su mayoría por descarte…. Radio María.
-Muy cierto, Juan, por lo que… ¡abran los oídos y no se dispersen, que les traemos información de primerísima mano!
-Pero… de primera mano, ¿de quién, Marta?
-Pues de uno de los personajes cristianos más importantes, del que sabemos muy poco, pero que gracias a esto que les vamos a relatar, van a poder saber muchas cosas más.
-Pues, sin más dilación, con todos ustedes, venido desde la maleta de José de Nazaret, con tapa dura y poco flexible, les presentamos… El Diario de San José. Suban la radio pero sin dejar de concentrarse en la carretera y escuchen esta gran narración. No se arrepentirán de no haber cambiado a Los Cuarenta. Escuchen, escuchen…


Día 22 de diciembre.
Querido diario:
Un sentimiento de alegría y de gran plenitud se está apoderando poco a poco de mi corazón.
Desde que mi querida esposa María me comunicó que íbamos a ser padres, mi emoción e incertidumbre por lo que podrá suceder, se ha ido incrementando. Escribo desde mi lecho con una débil y fugaz vela que alumbra mis escrituras, sin saber si podrán ser leídas algún día.
He llegado a la agradable conclusión de que soy maravillosamente feliz. ¡Cuán dichoso soy! Soy, por ende, consciente de que me hallo en una situación compleja y poco común, puesto que el niño que se encuentra en el vientre de María no es mío. Para mi tranquilidad y consuelo, María me relató lo que le sucedió hace ya nueve meses. Un ángel de Dios se le apareció y le dijo que iba a concebir un hijo por medio de su Gracia. María aceptó, diciéndole al ángel (que creo que se llamaba Gabriel) que todo saldría tal y como Dios lo había planeado. Y ahí es donde entro yo. El ángel le dijo a María que necesitaba la ayuda de un hombre sincero, honrado y bondadoso para que colaborase en la crianza y formación del Niño, que se llamaría Jesús. Y sin ánimo de ser egocéntrico, ¿quién mejor que yo para apoyarle?
He de dejarte, me llama María.
Escribiré lo antes posible.
José.


-¡Ay que me emociono! No puedo parar de leer. Qué impresión, ¿no, Juan?
-¡Precioso, espectacular! Voy a continuar, a ver si nuestros oyentes no pierden el hilo…


Día 28 de enero.
Querido diario:
Siento no haber podido escribir antes. Mi querido hijo Jesús, nació tal y como se esperaba. Nada más hacerlo, supe que me iba a cambiar la vida, y así fue. El 25 de diciembre fue uno de los mejores días de mi vida. María y yo estamos ayudando a que crezca. Le alimentamos y, por supuesto, le hacemos cosquillas. Su risa es contagiosa. ¡Qué maravilla! ¡Creo que soy el hombre más afortunado y dichoso de la tierra!
Aunque no todo fue tan agradable: mi mujer tuvo que dar a luz en un portal, en Belén, entre animales y paja. Hacía frío y solo nos dieron alojamiento ahí, porque todas las posadas estaban llenas. Así que mi hijo, el Hijo de Dios, nació entre animales y acostado en un pesebre, con el aliento de la mula y el buey como única forma de calentarse. Pero me di cuenta de que mi hijo era muy especial, ya que vinieron pastorcillos con sus ovejas, gente que venía de lejos y tres Reyes Magos, que le ofrecieron oro, incienso y mirra. Luego, tuvimos que ir a empadronarle, por un edicto de César Augusto, y por si fuese poco, el rey Herodes, quería matar a Jesús. ¡Qué fatalidad!
Tras nuestro viaje a Egipto hemos decidido ir a Nazaret, para ejercer allí mi oficio de carpintero. Escribiré pronto con más noticias.
Siempre dispuesto.
José.


-¿Qué os está pareciendo, mis queridos oyentes? ¡¿Fabuloso, verdad?! Es un verdadero privilegio tener con nosotros esta gran reliquia, ¿verdad, Marta? Tendremos que donarlo a algún museo, o, mejor, ¡se lo damos al Papa!
-¡Guau, menuda pasada! Estáis escuchando, ¿no? Tenemos en nuestras simples manos, el diario de San José. No puedo esperar más a seguir leyendo, aunque tan solo quedan dos días por relatar…


Día 13 de abril.
Hoy no tengo tiempo para entradillas, he de escribir algo importante. Como bien dije, nos mudamos a Nazaret. Jesús dijo mi nombre por primera vez, y eso me llenó de gozo. Pero mi hijo ha crecido y tiene ya siete años. Lo sé: he tardado seis en escribir, pero tengo excusa, perdí este diario en mi viaje a Nazaret. Un pequeño despiste. Creo que quería ver mundo.
Pero ya estoy aquí de nuevo. Acabo de parar mi trabajo por un rato. Jesús y yo estamos haciendo una mesa de madera maravillosa; estoy orgulloso de él.
Por desgracia, creo que algo me sucede. No estoy muy bien de salud. Algo falla. Espero que no sea nada. María lo sabe, peor los médicos aquí escasean. Sin embargo, no me asustaré. Mi labor es hacer de apoyo y de ejemplo para Jesús, y me comentan que lo estoy haciendo maravillosamente, así que, ¿qué más necesito?
Relataré lo que acontezca muy pronto.
Siempre dispuesto.
José.


-Queridos oyentes: queda muy poco para saber qué le sucederá a San José. Quédense aquí. Tras la pausa publicitaria volveremos a relatar estos acontecimientos. Disfruten del viaje.
Publicidad:

“No hay nada mejor que un buen turrón Suchard,
y más en tiempos de Navidad,
donde el Niños Jesús contigo quiere estar,
ven a disfrutar de un buen Suchard.”

-Ya estamos de vuelta, queridos viajeros. Con ustedes, la lectura de la última página del diario de San José. Espero que lo disfruten.

Día 18 de marzo.
Mi muy querido diario:
Con gran pena y profundo sentimiento de tristeza, he de comunicarte que me hallo gravemente enfermo. La causa de mi pobre y vulnerable enfermedad está aún por determinar. Es preciso que comunique, pues, lo que siento, que no es más que pura calma. Soy consciente de que cuando me vaya, se pondrán tristes, pero me recordarán con alegría. Sé que me marcho antes de lo previsto, pues Jesús todavía no tiene edad suficiente para desarrollar cargos públicos, pero sé que será un hombre grande, fuerte, honrado y digno. Siempre supe que mi esposa María lo cuidó bien y así lo hará hasta que pueda. Este es un escrito de despedida, pero no hay que desanimarse. Yo he hecho todo lo que ha estado en mi mano. Así pues, Jesús crecerá y será grande. Estoy lleno de gratitud por la vida que me ha sido otorgada. Espero que mi testimonio, aunque fugaz y efímero, haya podido ayudar a mucha gente. Me despido sabiendo que el plan de Dios sigue en marcha. Siempre dispuesto,
San José.


-No tengo palabras. Simplemente, brillante y estupendo. Sí. Eso es. Estupendo y brillante.
-¿Qué más añadir? Se me van a caer las lágrimas. Qué bueno y honrado era San José.
-Muy cierto, Juan. Unas palabras estupendas llenas de amor y cariño. ¡Cuánto podremos aprender de él! ¡Qué maravilla!
-¡Ya te digo, Marta! Y vosotros, queridos oyentes, ¿habéis disfrutado? Espero que sí. Nos despedimos mi compañera Marta Castiño, y yo, un día más, aquí, en su radio favorita, Radio María.
-¡Buena semana! Nos vemos el próximo martes en “Aprendiendo de gente especial”. Muchas gracias y disfruten del trayecto.

«El legado del tatarabuelo en Belén»

Ramón, finalista de 1º Bachillerato B

Hace unos años…recuerdo el día perfectamente, sí, perfectísimamente. ¿Cómo se me iba a olvidar aquel día? Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, pues yo adoraba a mi abuelo. Además, aquella carta era muy especial. El día 24 de diciembre de 2011, cuando había cumplido los seis años, mi abuelo vino a casa para la cena de Nochebuena y me dio aquella carta. Recuerdo aquel papel amarillento y deteriorado por los años. En ella, mi abuelo me explicó que había un testimonio vivo de una persona muy importante; y yo, lógicamente, me sorprendí.


Abrí la carta, fechada el 18 de marzo de 1897, y como si de la película “Regreso al futuro” se tratase, me puse en la piel de Marty McFly y la leí. La carta estaba dirigida a mi bisabuelo, con la petición de que se la entregase a su hijo, y así sucesivamente, este escrito debía transmitirse de generación en generación. El texto decía lo siguiente:

Escena navideña 1ºBachillerato B

Querido José Francisco:
No sé cómo contarte esto, pero me presento. Soy arzobispo de la Conferencia Episcopal Española y he hallado unos escritos en Roma, atendiendo a la llamada del vigente Papa, que vinculan a su familia con San José, por unos hechos acontecido la misma noche del Nacimiento de Jesús. En esos escritos, su tataratatara…tatarabuelo, que vivió en aquellos tiempos, relataba lo siguiente de su puño y letra:
“Quiero dar a conocer y enaltecer más aún al Señor, pues esta noche he sido cómplice del Nacimiento del Mesías. Estando yo en Belén, fui sorprendido por unos vándalos que me robaron y apalearon, pero apareció un señor, llamado José, que llevaba a su mujer embarazada sobre un burro. Ellos me ayudaron en aquel momento, y yo me comprometí a acompañarles como muestra de mi gratitud.
Aquella noche, su mujer María se puso de parto y no encontraban sitio para poder dar a luz ni descansar. Fui buscando por todas partes, hasta que encontré un lugar, pero el casero me dijo que, al encontrarse lleno, podríamos alojarnos en el espacio donde guardaban los animales y acostar al pequeño en un pesebre. Bajé a inspeccionar las condiciones de aquel lugar y, justo entonces, una columna de luz, proyectada por una estrella que no había visto antes, atravesaba el espacio y apuntaba directa al pesebre, por lo que supe que aquel era el sitio indicado, aunque no terminaba de comprender lo que estaba pasando.

Fui a avisarles y los llevé al lugar. Cuando se acomodaron, fui en busca de agua a un pozo cercano. Para mi sorpresa, al volver, el Niño había nacido, estaba iluminado y sus padres le pusieron el nombre de Jesús. Empezaron a venir pastores a adorar al niño, y yo le pregunté a José qué era todo aquello, qué estaba pasando. Él me confesó que su hijo era el Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre, aquel que esperaba el pueblo de Israel.
Es lo último que recuerdo de aquella noche… porque me desmayé. Al día siguiente, recuerdo despertarme por el olor del incienso. Tres hombres con aspecto regio y camellos habían acudido también al lugar para adorar al Niño y ofrecerle regalos. José, que había fabricado una cuna para que el pequeño estuviese más cómodo, me miró amablemente y me dijo que todos mis descendientes serían eternamente gratificados por la ayuda que había ofrecido aquella noche”.
Como puede ver usted, José Francisco, tanto usted como las generaciones anteriores y posteriores han recibido el nombre de José para conmemorar este hecho, por haber atestiguado de forma directa este acontecimiento único en la historia de la humanidad.

Espero que esta noticia le alegre y que el documento le sea de ayuda.
Atentamente.


¡Vaya! ¡Qué fuerte! Nunca me habría imaginado que mi tatara…. pudiera haber vivido con San José el nacimiento de Jesús. Mi abuelo seguro que estaba muy orgulloso, también mi padre pero, sobre todo, el bisabuelo José Francisco… debió de darle algo al leer la carta…
Hoy, 24 de diciembre de 2057, le voy a entregar esa misma carta a mi hijo, José, que ha cumplido los seis años hace unos meses. Espero que lo entienda, que sepa ver la importancia que tiene y que continúe con la tradición, para no perder el legado orgulloso de nuestra familia. Cada noche, rezo a Dios y le pido que me transmita los valores de San José (y los de mi tatara….tatarabuelo también).

«Una extraña Navidad»

Elena, finalista de 1ºBachillerato A

Sobre una gruesa, luminosa y congelada capa de nieve, un muchacho, de aspecto joven y expresión desganada, caminaba por las más encrucijadas calles de un pequeño pueblo Madrid; recibía el nombre de Bruno. Observaba hasta el más ínfimo detalle de la estructura de sus antiguas construcciones. Mantenía un ritmo constante pero relajado, por lo que pudo examinar al detalle a cada persona que se cruzaba en su camino. Huella tras huella dejaba cada vez más atrás parte de su inocencia, convirtiéndose, en cierta manera, en un ser carente de ilusión. Ni las más cálidas sonrisas dibujadas en los rostros de los más pequeños fueron capaces de sembrar una pizca de reacción en él; tampoco los hermosos villancicos que adornaban el ambiente sonando a lo lejos de manera sutil. A través de sus ojos era capaz de captar sentimientos, experiencias e impresiones de la persona a la que observaba con tan solo cruzar una mirada. Tal y como su madre le dijo, suponía un gran tesoro que debía proteger con cuerpo y alma; esto suponía prácticamente meterse en la piel de otra persona y experimentar la vida desde otra perspectiva.


Tras haber recorrido casi la totalidad de las calles del pueblo, el joven se percató de la presencia de un hombre de mediana edad, de aspecto maduro y cabello canoso. Sentía la extraña sensación de que estaba siguiendo el mismo recorrido que él, por lo que tenía claro de que aquel hombre buscaba algo. Aclarándose la voz, Bruno preguntó a aquel hombre si necesitaba ayuda o se encontraba perdido. Mostrando una enorme sonrisa, el adulto le contestó que nada le ocurría; en ese momento aprovechó la situación cuestionando su actitud sobre la Navidad, ya que él sabía que cuando era niño, esperaba durante todo el año a que llegara esa época. Desconcertado completamente, Bruno comenzaba a sentirse incomodo, pero tampoco tenía el valor suficiente como para plantarle cara a aquel desconocido.


Analizando bien de cerca el rostro del hombre, el muchacho reconoció aquellos rasgos, le resultaban familiares. La curiosidad se despertó en él, por lo que armándose de valor decidió preguntarle cuál era su nombre; se hacía llamar Ángel. Al escuchar lo que el hombre le dijo, Bruno se quedó descolocado. ¿Cómo era posible que un desconocido recibiera el mismo nombre y rasgos prácticamente idénticos a los de su padre? No comprendía nada. No era posible, su padre falleció años atrás, cuando él era tan solo un niño. Tras reflexionar unos minutos, Bruno decidió intentar comprender la situación, así que comenzó a preguntarle al hombre cosas que solo su padre sabría. Sorprendentemente tenía la respuesta correcta a todas las cuestiones que formulaba. Al ver que el joven comenzaba a desesperarse, el extraño decidió contarle una historia, la historia de san José.


Ángel solo ofrecía palabras buenas sobre él. Comenzó enunciando que José de Nazaret era el esposo de María, madre de Jesús y, por tanto, padre putativo de Jesús. Un hombre de oficio artesano, lo que ya en los primeros siglos del cristianismo se concretó en carpintero, profesión que habría enseñado a su hijo, de quien igualmente se indica que era artesano, la cual ejercía con tremendo orgullo. Continuó comentando que era de condición humilde, aunque fuera presentado como perteneciente a la estirpe del rey David. Ángel finalizó recordando el valor que tuvo al ejercer el papel de padre y esposo por petición de Dios protegiendo a su familia por encima de todo. Representaba el más puro ejemplo de discreción, amor y humildad. Una gran figura de hombre y padre de la que tomar ejemplo.

Escena navideña 1º Bachillerato A


Al finalizar de narrar la historia, Bruno comprendió por fin la situación. Vio perfectamente reflejada la figura de su padre en aquel hombre. Se dio cuenta de que la razón de aquella aparición en su camino tenía la finalidad de recordarle el valor de la navidad a través tanto de la figura de san José como la de su propio padre.

En un abrir y cerrar de ojos, el extraño desapareció frente a la mirada del muchacho; aquello le hizo ver que el nombre que recibía tanto aquel hombre como su padre representaba lo que realmente era, un ángel de Dios.

«Homenaje de Navidad»

María, finalista de 4º ESO C

Buenas tardes, señoras y señores. Hoy hablaremos de una figura muy importante en nuestra historia, a la que no damos suficiente importancia… José, ¡San José! Era un hombre humilde y trabajador y estaba casado con María. Trabajaba en un pequeño taller de carpintería, era un hombre sencillo, pero feliz.

Escena navideña 4º ESO C


Un día como otro cualquiera, llegó a casa cansado de trabajar. María le saludó con la voz temblorosa, parecía asustada. José la acompañó a sentarse en una silla, para que se tranquilizase y le contase qué le pasaba. Después de un rato, María empezó a contarle que se le había aparecido un ángel y le había anunciado que ella iba a ser la madre del Mesías, ¡estaba embarazada! ¿Qué hubiéramos hecho cualquiera de nosotros en ese momento? Nada bueno, seguro. En cambio, José respiró, se sentó al lado de su mujer y le cogió la mano. José creyó en su mujer, ante todo, creyó en Dios.
Cuando el Niño estaba en camino, tuvieron que huir de su casa. Estuvieron buscando un lugar para que naciese durante mucho tiempo, hasta que encontraron un portal con una mula y un buey. José estuvo con María todo el tiempo y, cuando nació el Niño, lo cogió y lo arropó con una manta, lo dejó en el pesebre y comprendió que era su hijo.


Jesús fue creciendo y José le enseñó el oficio de carpintero. Pasaban tardes juntos, trabajando y compartiendo buenos momentos, como padre e hijo. Pues José era verdaderamente padre de Jesús, y ahora comprendemos por qué Dios eligió a José para cuidar del Mesías. José siempre estuvo ahí para su hijo, y es que ser padre consiste, básicamente, en estar presente, en confiar y querer a tu hijo más que a nada.


Estas Navidades, y con el ejemplo de José, agradecemos a nuestros padres todo lo que hacen por nosotros. Da igual si es algo grande o un gesto pequeño, como abrirte la puerta o darte los buenos días. A todos los padres…y a San José… ¡GRACIAS Y FELIZ NAVIDAD!

«Las botas de Navidad»

Rocío, finalista de 4º ESO B

Aquella tarde era fría y triste, habitual de finales de diciembre. La lluvia rompía contra el techo con fuerza, y las gotas se deslizaban desde los agujeros del techo hasta los cuencos colocados debajo de cada gotera.
Jacobo dormía bajo mil mantas, acurrucado junto a Cocco. Cocco ya estaba acostumbrado a pasar frío, pues lo habíamos rescatado de la calle un mes antes. A pesar de ser un perro callejero, es muy bueno y, por encima de todo, cuida de mi hermano Jacobo. Mamá cogía el viejo chaleco de bebé de mi hermano. Intentaba arreglar el roto del chaleco para poder utilizarlo con mi nuevo hermanito, que iba a llegar dentro de poco. Ella estaba cansada, como es normal en su estado y se la notaba triste. Yo estaba en un rincón, pensando tras el enfado que acababa de tener con mis padres.


Papá había salido media hora antes hacia el albergue para recoger la cena. Hoy se había dado más prisa para poder conseguir algo de caldo caliente. Todos en casa estaban tranquilos… ni un sonido, todo en silencio y calmado. Yo aproveché ese momento para coger mis cosas apresuradamente y salir por la ventana trasera. No aguantaba más, no podía pasar ni un minuto más en esa casa de veinte metros cuadrados. Necesitaba liberarme de la tristeza, de los problemas, de las regañinas…
Mis padres se habían molestado mucho conmigo por una razón absurda. No se daban cuenta de que yo necesitaba cosas que ellos no entendían, o eso pensaba yo. Todos los niños de mi edad tenían de todo: teléfono, coches, pulseras, abrigos, calzados caros, material escolar… Me sentía insuficiente, infinitamente inferior que todos ellos. Ni siquiera tenía ropa sin rotos…

Escena navideña 4º ESO B


Dos días antes, ya no podía más, cogí el dinero ahorrado por mi padre y fui rápidamente a la tienda, a escondidas, para comprar las botas amarillas de las que todo el mundo hablaba. Eran unas botas muy normales, pero todo el mundo las compraba, porque estaban de moda. Al regresar a casa, me encontré a mis padres con cara de decepción y preocupación, un gesto serio de enfado que no sabría describir. Se enfadaron conmigo por coger el dinero, pero ni siquiera pensaron en que yo lo había hecho por un motivo muy importante: mis botas. Así que salí de casa, sin pensar ni un momento en lo que mi desaparición podía ocasionar a mis padres.
Caminé con mis botas nuevas por toda la lluviosa ciudad. De repente, pisé un gran charco de barro pegajoso. El pie se me quedó pegado por un momento y, al levantar la pierna… ¡se me rompió la bota! ¡Mis botas nuevas! ¡La causa de toda la pelea con mis padres! ¡Aquello en lo que me había gastado todos nuestros ahorros! Se habían esfumado en menos tiempo de lo que había costado conseguirlas.


Desanimada y desorientada, vagué por las calles, en busca de un lugar donde descansar al menos un segundo. En esto, me topé con un pequeño belén, colocado con delicadeza en el escaparate de una pequeña tienda. Me detuve a mirarlo un momento y descubrí algo: San José, el padre de Jesús, del que tanto había oído hablar…iba descalzo. Sostenía con su mano una silla para María y, en la otra, una manta para su bebé. Me quedé pensativa y me di cuenta de una cosa. San José se encargó de proteger y cuidar a toda su familia, de velar por ella y luchar por su bienestar. Y todo esto sin bienes materiales, descalzo y con un solo bastón en la mano.


Sin pensarlo dos veces, me dirigí corriendo hacia mi casa, sin importar que me faltase una bota. Cuando llegué, me encontré a mis padres asustados, a punto de salir a buscarme, al ver que faltaba. Al verme llegar, su cara se inundó de alegría y todos nos fundimos en un cálido abrazo. Recuerdo con cariño aquella Navidad. A pesar de la lluvia y del frío, aprendimos a amar y valorar lo más importante… las personas, y yo me decidí, desde ese momento, a cuidar siempre de mi familia, como lo hizo José.

Relato de Navidad

María, finalista de 3º ESO C

El mes pasado llegó a mi clase un chico nuevo. Era un poco raro que viniera a principios de diciembre, pero nadie nos quiso decir por qué había llegado tan tarde.
Era alto y delgado, sus rizos castaños estaban cuidadosamente peinados, y de sus ojos oscuros destellaba la ilusión por la etapa que iba a comenzar. Vestía orgulloso un uniforme nuevo, un abrigo negro, viejo, y unos mocasines desgastados. En cuanto entró en la clase, dijo sonriendo:
-¡Hola, soy José!
Había algo en su voz y en sus gestos que le daban cierto aire despistado e inocente, que hicieron que me cayera bien enseguida. Se sentó en el pupitre que estaba detrás de mí, el único vacío.
-Perdona, ¿en qué clase estamos?
-Historia. La profesora es Esther, y yo soy Inés.
-Entendido. Gracias, Inés.
Poco a poco, me fui haciendo más amiga suya. Era un chaval divertido y comprensivo. Él me hablaba de su novia, María, que estaba embarazada. Según José, el hijo no era de nadie, pero me costaba creer algo así. Compartía conmigo sus ideas para el futuro: cuándo se casaría con María, su sueño de abrir una carpintería… Y yo, por mi parte, me sentía muy cómoda hablando con él de mis problemas y mis “movidas mentales”. Hablábamos prácticamente de cualquier cosa: la sociedad, el mejor estampado para unos calcetines, problemas éticos, la tortilla de patata con o sin cebolla…


Al acabar el trimestre, se le veía más preocupado que otra cosa. Aunque yo ya sospechaba el motivo, decidí preguntarle:
-José, ¿todo bien con María?
-La verdad es que no. No me malinterpretes, la quiero más que nunca, pero estoy preocupado. Es cuestión de pocos días, tal vez de horas, que nazca el niño, pero se niega a ir al hospital y sus padres no opinan nada… y es que yo no sé qué hacer…
-¿Y tú crees que lo dice por algún motivo, que a lo mejor ni ella entiende, o por miedo?
-Pues tendrá un motivo, ¿no?
-Si crees que tiene un motivo, confía en ella. Si no, díselo con tacto y con cariño.
-Sí, tendré que elegir una de las dos opciones…
-Y sacando el tema, ¿me la piensas presentar algún día?
-Sabes que ahora no es buen momento, pero tal vez, cuando dé a luz, puedas conocerlos a los dos.
-Sí, supongo que tendré que esperar. ¿Habéis pensado en nombres para el bebé?
-Va a ser Jesús. En cuanto salió el tema, coincidimos los dos a la primera.
-Bueno, sois María y José, María está embarazada “por arte de magia” y el niño va a nacer en Navidad. No se me ocurre cómo pudisteis coincidir en eso…-me gané un codazo en las costillas por la broma-. Ahora en serio, ¿no te parece mucha coincidencia? Digo, no sé…
-Sí, ahora que lo mencionas, de vez en cuando tengo recuerdos de Israel hace 2000 años.
-Ja ja. De verdad, te lo digo en serio.
-¡Venga ya! ¡¿Y yo soy San José?! ¡¿Patrono de la Iglesia universal?! ¡¿El santo silencioso?! ¡Vamos hombre!
-Yo lo veo factible. Bueno, me mandarás fotos del bebé en cuanto nazca, ¿no?
-Tú lo verás antes que María, no te preocupes.
-Genial. Todavía no tenéis madrina…
-¡Te llamaremos!

Escena navideña 3º ESO C


24 de diciembre, 23:37


Iba andando a la cena de Nochebuena y, de repente, vi a José corriendo por la calle, sin saber bien por dónde iba.
-¡José! ¡Eh! ¡Aquí! ¡José! ¿Qué pasa?
-¡Inés! Ven, ayúdanos. María está de parto y no sabemos qué hacer.
-¿La has dejado sola?
-Yo… me dijo que buscara ayuda…
-¡Vámonos, corre!
Enseguida llegamos a un local abandonado, con los escaparates rotos y algunas bombillas viejas encendidas. Apoyada en la pared estaba María, abrazando con ternura a un recién nacido. A su lado, una mujer colocaba sábanas y cartones para aislar del frío.
Al alzar la vista y ver a José, se le iluminaron los ojos, y los tres juntos se acurrucaron, protegiéndose del mundo y del frío.
Yo me acerqué a la mujer, que rápidamente dijo:
-Yo solo soy una persona sin hogar. Escuché a la chica y quise ayudarla, pero enseguida me iré…
-¡No, no! Por favor. Menos mal que estabas aquí para cuidarla.
-Inés, ¿te gustaría cogerlo? – la voz de María sonaba dulce y clara.
-Yo…no sé si… es muy chiquitín, a lo mejor no es buena idea…
-Venga, por favor. Tiene que conocer a su madrina…

«Un hombre en la sombra»

María, finalista de 3º ESO B

Al fin silencio. Después de varios días de ruido, ajetreo y confusión, llega la calma. Jesús se acaba de despertar, su llanto hace que me acerque a él y lo tome en mis brazos para consolarlo. La aparente calma ha durado poco. María no se ha despertado, sigue dormitando a mi lado. ¡Qué mujer más fuerte! Lo que ha soportado en las últimas semanas no tiene nombre. Y pensar que yo quería repudiarla cuando me dijo que estaba embarazada…


Por favor, no me juzguen, cualquier hombre hubiese dudado estando en mi misma situación. Menos mal que el Señor me envió un ángel en sueños, diciéndome que María verdaderamente iba a ser la madre de Dios, y que yo tendría que cuidar de su hijo, Jesús. Yo, un simple carpintero, un hombre de trabajo, iba a hacer de padre en la Tierra de Dios hecho hombre. Lo tendría que criar, educar, enseñar y, sobre todo, amar. Iba a ver crecer a nuestro Salvador en primera persona.

Escena navideña 3º ESO B


¡Y pobre María! Ha soportado, sin bajar la cabeza, miles de insultos y críticas de aquellos insensatos e ignorantes que juzgan sin saber y piensan que la mujer más pura y buena de todos los tiempos ha cometido adulterio, además de todo el sufrimiento físico de estos días. Cuando me enteré de que tenía que viajar a Belén, por orden del emperador, para empadronarme (ya que pertenezco a la estirpe de David), no sabía qué iba a opinar María. Al estar a pocos días de dar a luz, pensé que pondría mala cara o que mostraría su desaprobación, como cualquier otra persona hubiese hecho en tales momentos. Pero está claro que ella no es como el resto, ella destaca con su forma de ser. En cuanto le conté lo del mandato, se dispuso a preparar todo para el viaje y me dijo que, juntos y con la ayuda del Señor, todo saldría bien, pero que debíamos confiar.


Así que. a penas un día después, estábamos en camino: María, a lomos de una mula, que cargaba también con algunas provisiones para los siguientes días; y yo, a pie, iba guiando al animal y atento a las necesidades de María. Tras unos días de absoluto cansancio por las largas caminatas que recorríamos a diario, María empezó a sentir las contracciones. ¡No podía ser! ¡Apenas quedaban unos kilómetros para nuestro destino! ¡Qué angustia! El bebé iba a llegar y no estábamos preparados. Pero, por otra parte… ¡qué alegría! Por fin, el Rey de reyes iba a nacer. Así que saqué fuerzas de donde no tenía y, corriendo, llegamos a Belén. ¡Qué travesía más complicada! María estaba a punto de traer a su hijo a este mundo y, a pesar de eso, en todo el recorrido no soltó ni una queja, únicamente agradeció mis esfuerzos. Al entrar en la ciudad, pensábamos que lo malo ya había pasado, pero nos volvimos a encontrar con un problema: todas las posadas y casas estaban llenas, no había huecos. Tras llamar a multitud de puertas, sin respuestas reconfortantes, un aldeano nos ofreció lo único que podía darnos: una pequeña cueva, convertida en establo y llena de animales. Llegamos a ese lugar, nuestra salvación, y entre estiércol, paja, una mula y un buey, nació Jesús.


El resto de la noche fue verdaderamente agradable: pastores y lugareños vinieron a visitarnos y a ofrecernos lo poco que tenían, que para nosotros era todo. Y hasta unos sabios de Oriente nos trajeron valiosos regalos. A pesar de toda la alegría, estábamos agotados por el viaje y por la movida noche, así que, aunque el lugar no fuese el más cómodo, nos dormimos en poco tiempo. Cuando estaba durmiendo, ocurrió algo insólito: por segunda vez, un ángel del Señor se me apareció en uno de mis sueños, esta vez avisándome de que el rey Herodes quería matar a Jesús y que debíamos huir. De nuevo, la preocupación me invadió. Enseguida, desperté a María, la subí a la mula con el niño y empecé a caminar, rumbo a Egipto. Así que otra vez nos tocaba superar difíciles y tortuosos caminos, esta vez, con un bebé en brazos. No sé cuántos días ni cuántas noches estuvimos andando, pero lo que sí que sé es que, cuando llegamos a nuestro destino, nuestro Dios nos quiso echar una mano, porque la Providencia andaba suelta en aquellos inhóspitos lugares. Nada más acercarnos a un pequeño pueblo, una anciana mujer nos vio y nos ofreció refugio y comida durante el tiempo que necesitáramos.


Así que aquí estamos, en una pequeña pero acogedora casa, resguardados de las frías noches del desierto y de las tormentas de arena. Contemplo ahora a María y no puedo estar más contento de que al fin pueda estar tranquila, descansando y en paz. Esta mujer sencilla y de gran corazón, que se ha visto con la responsabilidad de ser la madre de Cristo, a pesar de su corta edad, y que ha soportado con valentía y con infinitas esperanza y fe en Dios tantos inconvenientes, ahora está apaciblemente recostada sobre una humilde cama, reponiéndose de tantas y tantas fatigas.


Parece que Jesús ya se ha vuelto a dormir. Lo miro y no puedo evitar sonreír. ¿Cómo es posible que en algo tan pequeño, frágil e inocente pueda haber algo tan grande como Dios? ¿Y cómo puede ser que tanta grandeza esté durmiendo en mi regazo? ¿Por qué yo? ¿Por qué he sido elegido para ser el padre adoptivo del Hijo de Dios? Únicamente Él lo sabe. Por ahora, tan solo puedo contemplar a este niño y amarle hasta el extremo. Sin duda, hay algo en él, algo que se percibe tan solo con sostenerlo y creo que ese algo es amor infinito. Me parece increíble que yo pueda ser testigo tan cercano de ese amor, que le pueda ver, tocar, besar y abrazar. Sé que no soy nada a su lado, que solo soy un humilde carpintero que duerme en brazos a su Dios. Así que, en este silencio acogedor, solo puedo estrechar a este pequeño entre mis brazos y decir: “Te quiero”.

«Diario de San José»

Claudia, finalista de 3º ESO A

6 de diciembre


Querido diario:
Tras meses intentando cortejar a María, he conseguido que se case conmigo. Es tan inocente, dulce, bella, sincera…pensaba…Claro, que no sabía lo que la vida tenía pensado traerme por delante.

Después de llevar a cabo nuestra unión matrimonial, me dirigía a su casa, con propósito de empezar a vivir juntos, y en un tiempo, formar una familia.
Al llegar, María me dijo que estaba en cinta. La cara que se me quedó es indescriptible. ¡Mi mujer me estaba diciendo que estaba embarazada!, de un niño por supuesto de otro hombre, pues no habíamos realizado el acto conyugal.
Además, se permitió el lujo de excusarse alegando que el “hijo era de Dios”. Esto fue la gota que colmó el vaso. Aun así, no la he denunciado, aunque la repudio. Ha manchado mi honor, y no puedo soportarlo; pero si la denunciara, la matarían, y a pesar de todo, la sigo amando…

Tengo que meditar sobre este tema, mas necesito descansar, y estoy tan enfadado, que no puedo seguir escribiendo.
José


7 de diciembre


Querido diario:
Ayer me sucedió algo muy extraño. Tras escribir el triste acontecimiento con María, me quedé dormido, mas no por mucho tiempo… A las dos horas, empecé a oír ruidos
en mi cuarto. Abrí los ojos, y hallé un ser sobrenatural al pie de mis cabezales; no veía su rostro, pues una fuerte luz cegaba mi vista.
A punto estaba de gritar, cuando su voz, por alguna razón no pronunciada por su boca, sino salida directamente de su cuerpo traslúcido, dictó la siguiente oración: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tú mujer, porque la criatura que hay en su vientre, viene directamente del Espíritu Santo. Dará a luz a un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados”.
Aun sin saber si lo ocurrido la noche anterior era sueño o no, al despertarme, hice lo que esa extraña figura, a la que puedo llamar ángel, me había ordenado.
José

25 de diciembre


Querido diario:
Después de recibir la aparición del ángel, hablé con María y le dije que creía sus palabras (más todavía, estoy confuso de lo ocurrido).
Debíamos empadronarnos en Belén, pues era mi lugar de nacimiento. El día siguiente, partíamos hacia allá, y tardaríamos dos semanas en llegar. María, a pesar de no haber pasado 9 meses, ni mucho menos, estaba ya muy embarazada, y se encontraba exhausta. Así que, tras dar nuestros nombres a los responsables romanos, nos dirigimos en busca de una morada para pasar la noche.
Llamamos posiblemente a todos los domicilios de la ciudad, mas nadie tenía sitio para acogernos. La mula, que llevaba a María, estaba muy fatigada del largo viaje que habíamos realizado, y llegados a un punto, se negó a seguir avanzando.
Nos encontrábamos ante un establo, posiblemente de un pastor, cuyas ovejas, cansadas de pastar toda la jornada, reposaban sobre el frío suelo de paja en montones. María cayó de la mula, tras pronunciar un fuerte grito de dolor. Un alivio fue que pudiera cogerla a tiempo. María estaba de parto.
Sin tener otra opción, nos introdujimos en el sucio establo, y produjimos el sobresalto de algunas ovejas, que después de ver que no suponíamos ninguna clase de amenaza, balaron, y siguieron pastando.

Entonces, vislumbramos a un buey al fondo del establo, justo detrás de un pesebre, que pensamos que sería buen sitio como cuna para niño. Así que até a la mula junto a él, y nos asentamos en ese lugar que parecía el más confortable.
María comenzó a lamentarse de dolor, pero sin chillar, dotando a su figura de elegancia hasta en el sufrimiento. Su tez de porcelana era cada vez más pálida. Intenté ayudarla como pude, y al poco tiempo, había un niño entre nosotros.
Una luz salía de su rostro, mirarle suponía una chispa de esperanza; aun encontrándonos en un humilde portal, me sentía como si estuviera frente al mismísimo emperador de Roma.
De repente, la cabeza de un hombre asomó en la entrada al establo. Vestía de lana, y por su apariencia supuse que era el dueño de las ovejas. Me dirigía a excusarnos y explicarle qué hacíamos ahí, cuando exclamó:
“¡Es cierto! ¡El Hijo de Dios ha nacido en un portal!”
Entonces, se arrimaron más y más pastores, al parecer anunciados por un ángel, que
comenzaron a adorar al niño, al que como en mi sueño me ordenaron, llamamos Jesús.
He de confesar que hasta este momento, no creí del todo ni al Ángel ni a María. Verdaderamente, no creía que fuera Hijo de Dios. Pero, tras verle en persona, tras hallar la reacción que producía en los pastores, entonces, creí.
Los pastores se fueron hace unas horas, María y el Niño duermen. Observó a Jesús, mi hijo, del que no soy padre, pero espero cuidar como si lo fuera. He de dormir, a pesar de no tener sueño; y para lograrlo, nunca mejor dicho, voy a contar ovejas.
José

«Cotilleo antes de Navidad»

Nicolás, finalista de 2º C y ganador en la categoría de 1º, 2º y 3º de ESO

Érase una vez, tres señoras muy campechanas, muy viejas, y muy cotillas.
Tiburcia y Macarena llevaban ya un rato esperando en la puerta de la casa. Sabían que Aránzazu no las abriría antes de tiempo, y a pesar de ello, llegaban a su puerta varios minutos antes, pues querían estar muy puntuales para aquella cita.


Y es que un 24 de diciembre en aquel pueblo del País Vasco no era un día cualquiera. Era el día de los cotilleos por excelencia, y ambas lo sabían.
Aránzazu también esperaba al otro lado de la puerta, pero no iba a abrir antes de hora, para no dejar ver que ella esperaba la ocasión con más ansia que ninguna.
Justo cuando Aránzazu pensaba que no podría esperar más, la campana de la iglesia resonó con fuerza, dando las cuatro en punto de la tarde. Para las tres ancianas, ese sonido era gloria celestial.
Aránzazu golpeó el suelo con los pies, haciendo como que llegaba a la puerta, para después abrirla. Pero sus amigas sabían que, si bien su capacidad para parlotear era la mejor de toda España, la de fingir dejaba mucho que desear. Así pues, Aránzazu abrió la puerta y las invitó a pasar dentro.


No hubo ni besos ni abrazos, tan solo un saludo rápido. Macarena, con su habitual sonrisa y vitalidad, salió disparada hacia el balcón de la casa, seguida por Aránzazu. Tiburcia, como era más regordeta, quedo relegada al último puesto. El trío sabía que, si se habían reunido en casa de Aránzazu, era sin lugar a dudas por el balcón.
El balcón daba a la calle principal del pueblo, pero el motivo que hacía que las amigas adoraran ese balcón estaba en sus vallas. Estas tenían la asombrosa cualidad de permitir ver lo que pasaba allí fuera sin que las presas de estas magnificas cazadoras de cotilleos las vieran y salieran corriendo.

Escena navideña 2º ESO C


Una vez allí, fluyeron ríos de información entre las tres que ríete tú de la gota fría. pero antes de que aquel torrente se terminara, Tiburcia las hizo callar a las dos:
-A escarrapar Juanjo y lo que ha comprado en la ciudad. Nosotras necesitamos nueva información. Por allí viene Pepe, el carnicero. Seguro que nos trae algo sabroso.
-Algo sabroho puede que no -dijo Macarena, que era andaluza- peo mira cómo va vestío, que parece que viene d’ una fieta.
-Bai, parece que va vestido de José -intervino Aránzazu- Ya sabes, el padre de Jesús. Más concretamente de San José.
-Un disfraz un poco zaborrero, en mi opinión -contestó Tiburcia- y encima lleva en la mano la bandera de Madrid.
-Mija, eso no es posible -Macarena se fijó mejor en Pepe- Pero sí lo parese, sí. Esperemos a que se aserque má…


Tras unos segundos de forcejeo para ver mejor, Pepe se acercó lo suficiente como para que se pudiera observar claramente la bandera madrileña.
-Pisha, que es la bandera. Mira a ver tú, Aránsasu, que tienes mejor vista.
-No tengo nada que decir, Maca, es la bandera.
A lo que Tiburcia respondió:
-Pues el independentismo ese sí que ha pegado fuerte. De todas formas, si quiere llevar una bandera, que lleve la de Aragón, que para algo José era mañico. Todo el mundo sabe que San José era de mi tierra.
-¿Perdón? ¿He oío bien lo q’as disho? – Macarena estaba muy disgustada – San José es andalus de pura sepa, cariño.
-Lo que me faltaba – resopló Aránzazu – José era un guerrero vasco.


Pepe, que se había percatado de que una guerra entre las cazadoras estaba apunto de comenzar, salió corriendo y se refugió en su casa. Sabía que cuando tres ejemplares de la especie “viejus pueblus cotillensis” se enfrentaban, solo, Jesús, María y José podían detenerlas.


-Estáis cegatas las dos. Tú, Macarena, con lo de Andalucía, y tú, Aránzazu, con tus guerreros. Cuando José supo que debía irse a Belén con su mujer, compró el primer burro que pasaba por allí y montó a María en él.
Fue un viaje duro, pero San José, como buen mañico, era muy perseverante. Tanto, que aun cuando estaba más cansado que el burro, jamás se le pasó por la cabeza dejar a María sola y desobedecer a Dios.
Cuando llegaron a Belén, ninguna posada dejó a San José y a su mujer alojarse en una habitación. Pero José, empeñao en que el Niño naciera bajo techo, se las apañó para conseguir poder pasar la noche en un establo, que, aunque estaba hecho un chandrío por culpa de los lamineros animales, por lo menos eso era mejor que nada.
¡Qué hay más perseverante que un aragonés! ¡Y qué me decís de la jota que bailó al saber que podían alojarse en el establo!
-Querida, has confundido la perseverancia y obediencia de San José con la cabezonería de los mañicos – dijo Aránzazu con su habitual mal humor.


-Chica, n’olvides que la historia no acaba ahí.
Una ves en el ehtablo ese, José se puso a ordenarlo y organisarlo para hacerlo medianamente habitable, y lo dejó nike.
Entonses María rompió aguas, así que José fue a ayudarla.
Y cuando el Mesías nació, allí, entre boñiga de mula y boñiga de buey, José se puso muy contento. Solo un andalus puede sonreír y ver el lado bueno de tó eso.
Al llegar los pahtore, San José montó la mejor fieta de la historia. Todos estaban felise. Algunos pahtore adoraban al Niño, otros tocaban con sus flautas cansione que la Virgen bailaba, y José contaba chistes tan buenos que hasta el buey se reía.
Lugo llegaron los reye eso. Los Reye Mago. Y trajeron dulses, el turrón ese del súper, oro, insienso, mirra…
José, como no podía regalarle eso a su hijo, le dio lo único que poseía: Una sonrisa.
Y a Jesú le encantó.
Mija, ¿Qué hay más optimista q’un andalus? ¿Qué hay más salao? Lo vuestro no son más que patochás.


-¡Quita, quita! ¡San José era vasco y lo pienso demostrar!
A la mañana de la partida de los Reyes a sus tierras, San José tomó a María con un brazo, al niño con otro y partió al desierto.
La noche anterior había tenido un sueño: Debía llevarse a su mujer y a su hijo de allí para salvarlos de Herodes.
Podía haberse quedado a luchar, y como vasco habría vencido a todos los ejércitos del gobernador, pero ni siquiera los vascos desafíamos a un ángel de Dios.
Al principio, el burro que los acompañaba podía caminar por sí mismo, pero el viaje era tan largo que, agotado, cayó al suelo cuan largo era.
Y San José se apiadó de él y lo llevó al desierto sujetándolo en su pie. Como tenía los dos brazos y un pie ocupados, hizo el resto del trayecto al desierto del Sáhara a la pata coja.
-¿Al desierto del Sáhara? ¿No era a Egipto? – preguntó Tiburcia, claramente extrañada.
-Tiburcia, la memoria te falla. Es al del Sáhara, si señor. En aquel momento todavía era español. Además, ¿Por qué va a querer José estar con los terroristas esos que salen tanto por la tele? Recuerda que todos los caminos llevan a Roma pasando por España.
Además, él era un tipo de tradiciones, como nosotros. En los pueblos del País Vasco, se sigue hablando euskera. Te apuesto lo que quieras a que San José hablaba euskera.
-Ji home, euskera. Cuanto más antigua es vuestra lengua, más se acerca a la de los chimpancés – dijo Macarena, enfadada ante las descabelladas ocurrencias de su amiga.


-Chicas, parad ya, por favor. Saquemos conclusiones.
-La conclusión es simple: San José es ejemplo de perseverancia y obediencia, de alegría y optimismo, fortaleza y resistencia. En definitiva, San José es español.
-Bien disho, chiquilla. Yo ehtoy más que d’acuerdo.
-Yo sigo pensando que era mañico.
-¡Serás cabezota!
-Cabezota no, perseverante, a ver si aprendemos a hablar con propiedad.
-¡Pobre de mí! ¡Si seguí así me vai a volver loca! Doy por finalizada la sesión de cotilleo.
Mañana habrá tiempo para casar un poco má, pero hoy debemo pasar la noche como San José, y no San José como nosotra: Con nuetra familia, en nuetro hogare, difrutando…
¡Felis nochebuena! – Concluyó Macarena.


Tras este debate, nuestras protagonistas se dieron cuenta (o eso espero) de que no importa la procedencia de San José, ni sus antepasados ni sus costumbres. De que lo relevante es seguir su ejemplo, amando a Jesús como él lo hizo, siendo constantes en el trabajo y en el esfuerzo.
De que la política, los estudios, los estereotipos, las peleas y tantas otras distracciones no nos deben separar del verdadero significado de la Navidad.
Como diría Macarena: “¡Eso no son más que patochás! ¡Mijo, que Jesús ha nacido y no te has dado cuenta con todo eso rondando por tu cabeza!”